Manuel Puig y el arte de escuchar

La obra de Manuel Puig ocupa un lugar singular en la literatura argentina del siglo XX.  Su estética se destacó por hacer ingresar aquello que parecía pertenecer al mundo de lo menor, de lo sentimental o de lo masivo.

Nació el 28 de diciembre de 1932 en General Villegas. Hijo de Baldomero Puig, quien se ocupaba del fraccionamiento de vinos en la parte delantera de su casa y de María Elena Delledonne, diplomada en química, trabajaba en el hospital regional.  La familia residió en el pueblo, que el escritor convertiría en el escenario mítico de varias de sus novelas bajo el nombre ficticio de Coronel Vallejos. Luego se trasladaron a la ciudad de Buenos Aires donde el joven Manuel continuó con los estudios secundarios, Intentó arquitectura, pero se decidió por filosofía y letras. En 1956 se trasladó a Roma gracias a una beca para estudiar cine en el Centro Sperimentale di Cinematografia. Aunque finalmente no prosperó como director de cine, su estilo narrativo adoptó técnicas visuales, de montaje y de polifonía que caracterizaron su literatura.

El vínculo de Puig con el cine configuró una verdadera forma de mirar y narrar el mundo. Durante su infancia y adolescencia, encontró un refugio emocional en las películas de Hollywood que su madre lo llevaba a ver en el cine de General Villegas, el único espacio cultural de la época.

El habla cotidiana, el melodrama, las revistas populares, las canciones románticas y, especialmente, el cine se transformó en materiales centrales de una escritura profundamente innovadora. El escritor Daniel Link afirma que “Puig ha comprendido bien que el placer de escuchar (o leer) una historia es el placer de volver a contarla, el placer de marcar frases que remiten a la propia experiencia, el placer de inmiscuirse.”

Las ocho novelas de Manuel Puig son reconocidas por romper con la estructura literaria tradicional. Integró otros lenguajes como el cine, la cultura popular, las cartas y los monólogos interiores para retratar la intimidad, la represión social y la marginalidad.

La censura marcó su carrera literaria, desde sus comienzos a mediados de la década del 60 hasta su muerte en 1990. Si bien hubo un “periodo de gracia”, que abarcaría sus dos primeras novelas, el resto de su obra siempre estuvo acechada por la prohibición y el silencio. El propio Puig acompañó cada una de estas amenazas con un nuevo desplazamiento geográfico, marcando así el ritmo de un exilio sin fin. Sin embargo, su voz nunca pudo ser silenciada y, aquello que no se pudo decir, se conservó en su archivo, a la espera de una coyuntura distinta que permitiera su visibilidad.

En La traición de Rita Hayworth, su primera novela de 1968, narra la infancia y adolescencia de Toto en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Ante un entorno asfixiante y provinciano, el protagonista encuentra refugio y una ventana al mundo exterior en el cine.

Le sigue Boquitas pintadas, al año siguiente, ambientada en el mismo pueblo, utiliza formatos como folletines, cartas, diarios íntimos y chismes. Retrata de forma irónica las pasiones, frustraciones y falsas apariencias de la vida de sus habitantes, centrándose en el mujeriego Juan Carlos y su círculo amoroso. Llevada al cine, se estrenó en 23 de mayo de 1974 dirigida por Leopoldo Torre Nilsson, con guion de Torre Nilsson y Puig y protagonizada por Luisina Brando, Alfredo Alcón y Marta González.

La tercera es unanovela policial y psicológica ambientada en el Buenos Aires de los años 70. The Buenos Aires Affair (1973) Explora las obsesiones sexuales, los traumas del pasado y la violencia política a través de la historia de una crítica de arte y un escultor.  

Su obra más famosa y universal llegaría en 1976 bajo el título El beso de la mujer araña. En ella, dos hombres comparten celda durante la dictadura argentina: Valentín (un militante revolucionario) y Molina (un homosexual soñador). A través de las narraciones que hace Molina de películas clásicas, ambos construyen un vínculo profundo que los transforma. Fue llevada al cine en 1985, dirigida por el cineasta brasileño de origen argentino Héctor Babenco, y adaptada por Leonard Schrader de la novela homónima del escritor argentino La película contó con William Hurt, Raúl Juliá y Sonia Braga en protagónicos principales. Manuel Puig realizó una adaptación al teatro que en la actualidad se está presentando en Teatro Buenos Aires (CABA)

En 1979 publica Pubis angelical que seráestrenada el 12 de agosto de 1982. Dirigida por Raúl de la Torre y protagonizada por Alfredo Alcón, Graciela Borges y Pepe Soriano, narra en tono fantástico y onírico, la realidad de Ana, una mujer enferma en una clínica de Buenos Aires ,  y sus sueños.

Maldición eterna a quien lea estas páginas (1980)Narra el diálogo tenso y revelador entre dos argentinos exiliados en Nueva York: un profesor universitario postrado en una cama de hospital y un hombre más joven contratado para cuidarlo.

En 1982 se da a conocer Sangre de amor correspondido, una novela que difumina los límites entre el testimonio y la ficción. Compuesta a partir de entrevistas reales, cuenta la historia de José, un albañil brasileño que relata sus vivencias, fantasías, relaciones y una turbulenta historia de amor adolescente.

Su última novela Cae la noche tropical de 1988 y ambientada en Río de Janeiro, sigue el día a día y las largas conversaciones telefónicas de dos hermanas argentinas octogenarias. Entre recuerdos del pasado y chismes sobre su vecina más joven, la novela aborda la vejez, el exilio y el afecto con ternura y humor. Adaptada al teatro, contó con la actuación de Leonor Manso como Nené y a Ingrid Pelícori como  durante el año 2025 con presentaciones en varios escenarios del país.

Ficciones íntimas

Posiblemente, la séptima novela, Sangre de amor correspondido, ocupa un lugar extraño. Menos leída que Boquitas pintadas o El beso de la mujer araña, a veces parece una novela lateral, desplazada, casi secreta. Pero basta entrar en sus páginas para advertir que allí late una de las experiencias formales más arriesgadas del autor.

Puig publicó la novela Sangre de amor correspondido, escrita originalmente en portugués y, por vez primera, sin ningún vínculo con la historia y la cultura argentina. Al revés de lo esperado por el público brasileño, que celebró con récord de ventas la publicación de El beso de la mujer araña, el nuevo libro de Puig no parecía tener el mismo encanto y, a pesar de apelar directamente al público carioca, fue recibido duramente por la crítica local e internacional.

Así comienza:

—¿Me lastimaste y me heriste?

Ella lloraba, lloraba desesperadamente, era la primera noche, ella nunca había sufrido así, nunca la habían operado de nada, y realmente es algo que lastima y hiere. Él vio que salía sangre ¿está claro? sangre en cantidad. Ahí él buscó y vio la trusita de ella sobre la cama, y con eso le secaba la sangre, con la trusita misma. La misma trusa chiquita de la misma marca que usaban todas las del pueblo. Y él le fue secando todo, y limpiándole. Limpiaba y volvía para adentro, todo lo que se podía. Las cosas iban marchando bien, forzando un poco la cuestión, hasta que no entró todo él no dejó de empujar. Hasta que no llegó hasta la bolsa de los huevos no paró. Ahí sí ya paró. Ella temblaba, sentía frío, le decía que estaba sintiendo frío. Él le decía, “Entonces basta ¿te lo saco entonces?”. Y ella que no, que insistiese, que siguiese entrando, cada vez más. Y no hubo más problemas, todo en orden (…). (pp. 21-22)

La estructura del texto intercala una pregunta en primera persona con una posible respuesta en tercera, procedimiento que genera un efecto especial, pero no dificulta la lectura.

La historia gira alrededor de Josemar, un albañil brasileño que reconstruye recuerdos sentimentales, escenas familiares, vínculos amorosos y episodios de su vida. Sin embargo, la novela no se organiza a partir de una narración clásica. No hay una estructura lineal que conduzca cómodamente al lector. Lo que aparece es una voz: una voz que intenta recordar y explicarse mientras habla. Josemar recuerda, se contradice, omite datos, cambia de tono, vuelve sobre escenas. A veces parece seguro de sí mismo; otras veces, la propia estructura de su discurso deja entrever dudas, inseguridades o zonas oscuras. la lengua de Josemar construye un universo entero: su relación con el amor, con la masculinidad, con las expectativas sociales y con la imagen que intenta sostener de sí mismo.

En una entrevista, Puig, comenta que, en un momento, mientras vivía en Rio del Janeiro, tuvo que contratar un albañil para hacer arreglos en la casa donde vivía. “Era éste un personaje sorprendente, un hombre con una cualidad verbal especial, no decía las cosas por su nombre, sino que adornaba la realidad, le ponía música, la pintaba de colores. Sobre todo, lo que decía se desprendía un perfume poético rural, que quise captar en las páginas de la novela”

Decidió grabar sus conversaciones. “Al pasar esas transcripciones de la cinta magnética, toda hecha en portugués, me encontré con que este lenguaje no podía corresponder a ningún modelo reconocible de lenguaje popular, no podía traducirlo a un lunfardo, el lenguaje porteño, o a una lengua popular pampeña. No tenía Otra salida que inventar un lenguaje ficticio, pero que podía corresponder a la imagen verbal del personaje.”

Podríamos concluir que es en Sangre de amor correspondido donde esa escucha de las ficciones íntimas —ya no solo cinematográficas, sino también orales— alcanza una de sus formas más complejas.

Quizás Manuel Puig entendió antes que muchos que la vida se parece menos a un gran relato coherente que a una conversación fragmentada. Tal vez allí resida una de las mayores potencias: haber comprendido que las personas viven rodeadas de relatos, hablan con voces prestadas, aman según escenas que alguna vez vieron, escucharon o imaginaron.

 En Sangre de amor correspondido, esa conversación permanece abierta, imperfecta y profundamente humana. Y acaso allí resida la vigencia de su literatura: en seguir recordándonos que todos, de algún modo, vivimos tratando de ordenar nuestra historia con las palabras que tenemos a mano. En esta historia no hay héroes ni certezas, apenas una voz que intenta reconstruirse mientras habla.

 Volver hoy a Puig —y especialmente a esta novela menos frecuentada— supone aceptar una invitación infrecuente: escuchar con atención aquello que los personajes dicen, pero también aquello que callan.

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