Tratado estético sobre La Posteridad

Algún día me voy a morir, esa es la única certeza que tengo. Tampoco es algo de lo que voy a andar sacando chapa, me voy a morir como se mueren todos. Bah, como se mueren todos no, porque quizás alguno podría entender que estoy diciendo que nos vamos a morir todos de la misma manera, y no, nos morimos todos distinto. Algunos parecido, pero distinto.

Y cuando llegue ese momento alguien va a elegir una foto mía. No es fácil elegir la foto con la que uno va a quedar impreso en piedra.

Ni siquiera estoy muerto todavía, y ya estoy preocupado por cómo me van a recordar. Pero ojo que esto no es vanidad eh?. Es control de daños. Porque yo no le temo al olvido, sino a ser mal interpretado desde una imagen congelada para la eternidad.

Así que algún día, cuando corresponda, entre todas las fotos posibles, una persona —algún pariente si es que todavía alguno me habla— va a señalar una y decir: “Esta. Esta es la que va en la lápida”.

Y yo no voy a poder hacer absolutamente nada al respecto. Ni una queja, ni una mueca, nada. Ni esbozar una leve protesta levantando la mano desde el ataúd, ni mandarle un mensaje desde el más allá: “¿En serio elegiste esa foto? ¿Justo esa? ¿No ves que la camisa está arrugada y el cuello mal planchado? ¿No ves la mancha de salsa arriba del bolsillo del saco? ¿No ves la cara de culo que tengo?”

No. Porque ya voy a estar bien muerto. Y eso es lo que más bronca me da.

¿Y si se preguntan qué estaba pensando en ese momento? Porque la gente hace eso frente a una lápida: mira la foto y se inventa una historia.

Van a decir: “Parece tranquilo, seguro estaba en paz con su vida”.

Mentira.

Estaba en el banco, puteando por una cola de una hora y media esperando que un salame deje de hacer consultas en el homebanking, con el estómago vacío y la presión por el piso. Esa cara no es serenidad: es hipoglucemia.

La mayoría que deja esa elección en manos de sus deudos, mirá como termina: fotos del carnet de conducir, con fondo celeste y expresión de preso recién detenido.

No es que me importe mucho que me recuerden, pero si lo van a hacer, al menos háganlo con dignidad.

¿Una foto sonriendo? Por favor.

¿Una de cumpleaños? ¡Pero no! Las fotos de cumpleaños son el equivalente visual de una mentira piadosa. Todo el mundo con cara de felicidad obligatoria, abrazando a gente que ni soporta. ¿Esa es la imagen que va a decir “aquí yace”? No, gracias.

En esas fotos siempre salgo como si estuviera simulando que me importa el relleno de la torta, cuando en realidad estoy tratando de recordar si saqué al perro ante de irme de la casa, porque es un caniche el perro, y todos sabemos que si hay una cualidad única que tienen los caniches es la capacidad de mear toda la materia creada y por crear en el universo.

El problema es que no hay una foto que me represente. Porque toda foto es una trampa. Es un recorte de un segundo que no dice nada, no te transporta a la situación real que se estaba viviendo en ese mismo momento.

¿Esa en la que levanto un vaso? Parece que estoy brindando por la vida.

Mentira. Estábamos filosofando sobre política y ni siquiera nos acordábamos si estábamos a favor o en contra, discutiendo con un tipo que escupía al hablar, y lo único que pensaba era si fingir un infarto me liberaría más rápido de esa discusión estúpida.

Pero claro, ahí estoy, sonriendo como un imbécil, con la cabeza inclinada y la mirada perdida, con una felicidad propia de propaganda televisiva de enjuague bucal.

¿Y esta otra? Ojos abiertos, cara de entusiasmo. Me acuerdo bien: alguien me preguntaba por mi trabajo y yo no sabía cómo explicar lo deprimido que estaba…

Eso es lo que la foto no muestra. Pero va a quedar ahí, eterna, como si estuviera contando el gol de Maradona a los ingleses. Y no, lo único que estaba pensando era “¿Porque no me fui a la mierda cuando tuve la oportunidad?”

La peor de todas es la que me sacó Marta, en una reunión de la vecinal. Estoy ahí, con esa expresión de “no me interesa absolutamente nada de lo que está pasando, pero me dijeron que sonría y acá estoy, como un rehén con filtro de Instagram”.

Es la cara de un tipo que está en modo piloto automático, que ya apagó el alma hace media hora, pero aún no logró encontrar la salida sin que lo noten.

Ojo que muchas veces voy al cementerio. No porque me guste —no soy tan morboso todavía—, sino porque necesito tomar nota.

Observar.

Y lo que uno ve ahí es una galería de errores eternos.

Nombres que ya nacen condenados al ridículo.

Cleofoldia T. Benítez de Aragón.

Zoilo Fortunato Gómez.

Dámaso Aurelio del Corazón de Jesús.

Gente que tal vez fue respetable en vida, pero ahora es parte del repertorio cómico de los relatores de muertos. Rodeados de flores de plástico que solo acumulan tierra y olvido.

Y claro, el miedo se instala: ¿qué pasa si alguien se ríe del nombre de Cleofoldia y, al girar la cabeza, me ve a mí?

Ahí, con mi cara de resaca o de enojo porque el tipo que vende pan casero de chicharrón interrumpió la siesta a timbrazo limpio.

Se pierde el respeto. Hay risas. Hay un dedo señalando y un murmullo por lo bajo. Quizás hasta una selfie con filtro de perrito.

Y encima esa foto va a quedar ahí. Para siempre.

O bueno, hasta que venga un ladri con un cortafierros oxidado y un martillo y se afane la plaqueta de bronce.

Que dicho sea de paso, ¿qué clase de homenaje es ese?

Ni siquiera puedo confiar en que el mármol me respete por toda la eternidad.

Una vida entera reducida a una cara congelada y una chapita atornillada con fe mientras una escalera espera apoyada anda a saber que…

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Zeen is a next generation WordPress theme. It’s powerful, beautifully designed and comes with everything you need to engage your visitors and increase conversions.

Épice
Sigue atento a las novedades